Ana Martínez Quijano

- 2023


“¿Hubo un Jardín o fue el Jardín un sueño?”.
Jorge Luis Borges.

En medio de la violencia y el caos que nos toca vivir, se oscurece el espacio de
la galería. Una luz teatral enfoca las pinturas murales donde se entrecruzan las formas
excesivas de la naturaleza con el artificio de una belleza irreal, imaginaria.
Hay orquídeas y corales, plantas carnívoras y suculentas; moluscos y hongos,
morfologías extrañas, detalles tomados de enciclopedias botánicas y referencias a la
ciencia ficción. Con un cambio de escala se multiplica la dimensión real y el carácter
exaltado de un universo artificial, cinematográfico de algún modo, que seduce y estimula
la visión. Una terrible belleza ha nacido, anunció Rainer María Rilke. Y así describe su
inmenso poder: “Pues la belleza no es nada sino el principio de lo terrible, lo que somos
apenas capaces de soportar, lo que sólo admiramos porque serenamente desdeña
destrozarnos”. La analogía con la naturaleza del mundo actual surge sin forzarla.
La profusión de motivos en estas pinturas, tiene un objetivo: crear campos
impenetrables. En estos paisajes se ha eliminado la perspectiva y todos los elementos
compiten en primer plano y con el mismo énfasis. Las formas atraen la mirada y los
colores se potencian con la luz. Allí están los verdes claros y radiantes, los amarillos
vibrantes y los rojos; y en menor proporción, los azules, naranjas y turquesas.
“Intento que el espectador se detenga frente a la imagen, quiero retenerlo de
alguna manera”, señala la artista. La mirada queda atrapada con un imán en los detalles
de la flora y la fauna pintados con un mismo nivel minucioso, las hojas y las flores con
manchas obscuras, los tubos, algas y microorganismos.
El ejercicio de la contemplación demanda un respiro, instantes mínimos de
descanso. Pero el espectador descubre que en la mágica desmesura de estas pinturas
puede ver lo invisible, aquella belleza terrible que somos apenas capaces de soportar.